Carlomagno y La Dinastía Carolingia: Auge Y Ruina De La Casa Que Dominó Occidente Cuatro Generaciones De Reyes Francos De La Batalla De Poitiers Al Desastre De Fontenoy
En el invierno de 714, la viuda de un hombre poderoso encerró a su hijastro en una habitación de Colonia. El encerrado tenía veinticuatro años, no era hijo de esposa y no tenía derecho a nada. Un año después, alguien le abrió la puerta desde afuera.
De aquel hombre salió la casa que gobernó Occidente durante tres generaciones y que en la cuarta se destrozó a sí misma. Esta es su historia completa, de 714 a 843.
Aquí está el que llamaron el Martillo, que murió siendo el hombre más poderoso de su tiempo sin haber llevado nunca una corona. El que mandó una pregunta a Roma y se llevó un reino a cambio de una deuda que pagarían sus hijos. Carlomagno, que reunió Occidente bajo una sola mano, mandó decapitar a cuatro mil quinientos hombres en un solo día y no supo hacer con su imperio otra cosa que repartirlo. Y los nietos, que una mañana de junio de 841 formaron unos frente a otros con la misma armadura, los mismos nombres y la misma lengua.
Este es un libro de historia para quien quiere leerla como se lee una novela y no está dispuesto a pagarlo con inexactitudes. No hay aquí diálogo inventado ni un solo pensamiento atribuido a nadie. Cada escena se levanta sobre lo que dejaron escrito los que estuvieron allí, y donde ellos callan, el libro lo dice en vez de rellenar el hueco. El drama sale del hecho documentado y no del adjetivo.
Lo que sí hay es el frío del paso alpino en enero y el peso de la cota de malla bajo el sol de agosto. Un papa que cruza los Alpes en pleno invierno para pedir un ejército. Las tiendas de seda de un campamento abandonado al amanecer. Una emperatriz que ciega a su hijo en la misma sala donde lo dio a luz. Un elefante que atraviesa un continente. Un campamento entero que se vacía en silencio durante la noche. Y las ortigas que un hijo desheredado arrancaba en el huerto de un monasterio.
Cuarenta capítulos y cinco partes sobre cuatro generaciones y una maldición heredada: la costumbre franca de repartir el reino entre todos los hijos varones, que ninguno de ellos se atrevió a abolir y que acabó matando al imperio.
Con los extraños, la espada. Con la propia sangre, la tonsura o el hierro caliente en los ojos.
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