El demiurgo humano: la inversión teológica de la superinteligencia
El ser humano se convierte en creador de una entidad superior
Frente a la evolución histórica de las herramientas técnicas, la inteligencia artificial representa un salto cualitativo, no meramente cuantitativo. Las tecnologías precursoras —desde el hacha de sílex hasta la máquina de vapor, e incluso los ordenadores electromecánicos de mediados del siglo XX— funcionaron indiscutiblemente como amplificadores o prótesis de las facultades humanas. El martillo multiplicaba la fuerza del brazo; el telescopio extendía el alcance de la mirada; la imprenta escalaba la memoria escrita; la calculadora aceleraba la aritmética elemental. En todos estos casos, la relación de dominio permanecía intacta: el ser humano era el sujeto agente, consciente y directivo, mientras que la técnica permanecía en la posición de objeto pasivo, subordinado e instrumental.
La hipótesis central que vertebra este análisis sostiene que la trayectoria del desarrollo tecnológico actual conduce hacia una ruptura estructural de este paradigma histórico: la hipotética creación de una Superinteligencia Artificial (ASI) marca el momento en que el ser humano transita de ser un fabricante de herramientas (Homo faber) a convertirse en el creador de una entidad autónoma cognitivamente superior a él mismo. No nos encontramos ante la invención de un utensilio más sofisticado dentro del repertorio técnico de la especie, sino ante la génesis de un nuevo sujeto ontológico.
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